lunes, 7 de marzo de 2016

Antonio Pérez

Fue en el año 1980. Con mis recien estrenados 19 añitos, mi coche, y mi novia.
Mi novia era muy moderna, más que muchas feministas de ahora.  Yo vivía en Alcudia y ella en Valencia, así es que para vernos, nos partiamos el camino, yo bajaba hasta Nules con mi coche,( de mi padre) y ella viaja hasta Nules con el tren de cercanías. Era un trato justo, pues aunque mi recorrido era un poco más corto, luego nos ibamos con mi "citroen dos caballos"  hasta la playa, obviamente de Nules, que está a varios kilometros del nucleo urbano.
En verano apetecía la playa, pero en invierno apetecían los naranjos, perderse entre los llanos caminos que serpentean y se cruzan unos con otros por el inmenso huerto de clemenules que hay entre Nules, y la playa;(bueno, y entre Benicasim y Denia). La clemenules, como su propio nombre indica, es una variedad de mandarina clementina, que nació en Nules, y luego se injertó por el mundo entero. Pero no eran clemenules lo que buscaban los jóvenes, mi novia y yo incluidos, sino más bien un hartazgo de besos compartiendo salibas y sudores, entre los naranjos.
Así eramos en los años ochenta, intrépidos y sagaces, tanto que se terminaba la sesión, con las luces de posición puestas, que era la única luminosidad (salvando los ojos de la amada) que brillaba en el contorno del Caminás a su paso por la playa de Nules.
Ya sé que estoy insistiendo mucho con el tema de "Nules", pero Nules era el pueblo donde nació y donde vivió Antonio Pérez, más allá que su desarrollo futbolístico le llevara a ser portero del Atletico Aviación y Atletico de Madrid, pues jugó como portero titular en aquellos años del cambio de nombre en la capital de España
Como decía, las luces de posición, que parecían tan poca cosa, eran, para la batería de los años ochenta, una carga considerable, pues con el paso de las horas, que en esos instantes felices, pasan como si un momento fuera, mermaron la calidad, o cantidad de carga, y el coche, no arrancó.
Visto lo visto, y visto que todavía no habían inventado los teléfonos móviles, caballeroso yo, tuve la genial idea de colocarla a ella en el volante para yo, empujar desde atrás. No parecía muy dificil; con la marcha  tercera puesta y el embrage pisado, cuando el coche tomara impulso, había que soltar el embrage, y acelerar, para posteriormente,  en el instante en que arrancara, poner punto muerto y frenar. Nada dificil para una preciosidad de 18 años.
Era un tramo entre naranjos, con el firme de tierra y llano. Empujé con fuerza unos 10 metros, hasta que el coche cayó en una zanja que había al lado del camino. Como el amor todo lo puede, saqué con cuidado a mi chica del coche y nos dispusimos a caminar en dirección a Nules. Una larga caminata, una noche oscura, perros ladrando cada dos por tres, y ella y yo, abrazaditos, por aquellos caminos, buscando las lejanas luces de Nules. Ni sus zapatos de tacón eran para aquellos caminos, ni mi mente encontraba como salir de la aventura. Pero llegamos a Nules, y la dejé en la estación de ferrocarril, pues aún llegamos a  tiempo para tomar el último cercanías a Valencia,
La dejé en la estación ferroviaria y me fui a buscar a Antonio Pérez, que era la única persona que conocía en Nules, un señor, señor, de unos 50 años, con más vitalidad que uno de treinta, amigo de la familia y padre de Juanlu, un compañero de aventuras adolescentes. Debían de ser más de las 22.00h. No recuerdo, pero creo que no lo saqué de la cama, creo que aún estaba vestido, y en cuanto le puse en antecedentes del problema, cogió las llaves de la DKV, (la DKV era una furgoneta típica de los ochenta). entramos al garaje para coger unas cuerdas, y nos fuimos a buscar el coche a ver si lo podíamos remolcar.
En aquella época, mi memoria era buena, y no tuve dificultad en encontrar el camino donde había quedado el coche. Mientras él, el señor Antonio, preparaba las cuerdas en la DKV, yo me metí en el citroen dos caballos de mi padre, puse la llave, giré, y arrancó.
Fue una sorpresa el que arrancara, pero no nos causó ningún disgusto. En vez de tirar hacía adelante con la DKV. Antonio Pérez, empujó hacia atras con sus propias manos, desde el terraplen de la acequia, y el coche salió sin mayores problemas.
Hoy, 36 años despues. Me fui al tanatorio, sin saber en donde estaba, con una furgoneta vieja, y traje de gala para el último adios, y en un trayecto tan corto, de Castellón a Nules, me perdí. me pasé de salida y tuve que ir a dar la vuelta casi hasta la Val de Uxó, y al volver, tomé la salida de antes de la autovía de regreso, y perdiéndome, me encontré. Llegué a la puerta y sin saber, sumando casualidades.


Hoy el día quiere llover
porque el gran Antonio se nos va,
se va con su Isabel del alma
para esperarnos allá
donde todos nosotros
algún día tendremos que llegar.
Buenas noches, Señor Antonio,
y gracias por los triunfos
compartidos con humanidad.
                      Convertido en baul de recuerdos
que iluminan nuestras sombras.
                       Y la vida se llena de sentido
si dejamos que el corazón nos lleve.
                        Si el balance fue bueno,
el peso del corazón, la pluma leve.
                       Hermoso querer y ser querido,
Hoy el día quiso llover
y llovió, llovió un poquito,
como si quisiera llorar,
"No lloreis- decía Antonio-
no lloreis que viví bien",
Fui soldado en la guerra,
refugiado en Francia,
y futbolista después.
Tuve mi amada Isabel,
mis tres hijos, y los de ellos,
amigos por doquier,
larga vida y a los noventa y seis
morí de pie, lúcido,
entre las flores y el azahar,
aromas y mucha libertad.
 No lloreis, ¡Aplaudid!