los disfraces son de quita y pon
el carnaval, la fiesta.
La muchedumbre mantea el pelele
cual Sancho en la venta-castillo,
pero nadie recuerda el origen
de ser un muñeco de trapo
en las manos del espíritu.
Con orinales en la cabeza
soñamos molinos que bracean,
y vemos borregos enemigos
para montar sobre maderas
imaginando pegasos clavileños.
Y mientras, la vida pasa ligera,
aplaudiendo ocasos musicales
en cualquier café del mar
de "ses salines" a Portinax.
Y mientras, el tejo espera
con sus raíces milenarias,
un abrazo largo y con alas,
un envellecer de marimorena,
con rubias trenzas ibero-celtas.